Hijas y esposas
Hijas y esposas —No. Creo que las rosas. El carruaje está en la puerta, y, Molly, querida, no quiero meterte prisa, pero…
—Lo sé. Toma, Roger… ¡aquà tienes una rosa! «Y roja como una rosa era ella»… Le diré a papá que venga en cuanto llegue a casa. ¿Cómo está el pequeño?
—Creo que ha cogido alguna fiebre.
Y el señor hidalgo la acompañó al carruaje, sin dejar de hablarle del pequeño; Roger les siguió, apenas prestando atención a lo que hacÃa, pues intentaba responder a una pregunta que no dejaba de plantearse: «¿Es demasiado tarde… o no? ¿Podrá olvidar que antes le entregué mi amor, neciamente, a una muchacha tan diferente a ella?».
Y ella, mientras el carruaje se alejaba, se repetÃa para sus adentros: «Volvemos a ser amigos. No creo que recuerde en muchos dÃas lo que su padre le sugirió. Es tan bonito volver a llevarnos tan bien como antes; ¡y qué flores tan bonitas!».