Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El jueves, la doncella se disculpó por haber descuidado un tanto su dormitorio, aduciendo que había estado ocupada limpiando las habitaciones del señor Roger. «No es que antes no estuvieran ya limpias, pero la señora siempre quiere que limpiemos las habitaciones de los señoritos cuando han de volver a casa. De haberse tratado del señor Osborne, habríamos limpiado la casa de arriba abajo, pero, claro, es normal, pues se trata del hijo mayor». A Molly le divirtió que dejara constancia de ese modo de los derechos del heredero; pero, en cierto modo, también ella se había contagiado de la manera de pensar de la familia, y creía que nada era bastante ni demasiado bueno para «el primogénito». A ojos de su padre, Osborne era el representante de la antigua casa de los Hamley de Hamley, el futuro propietario de la tierra que había sido suya desde hacía mil años. Su madre se aferraba a él porque los dos habían sido forjados en el mismo molde, tanto física como mentalmente: los dos llevaban el nombre de soltera de ella. La señora Hamley había adoctrinado a Molly con su fe, y a pesar de que ésta se tomara un tanto a broma las palabras de la doncella, se habría mostrado tan dispuesta como cualquiera a mostrar su lealtad feudal al heredero, de haber sido él quien volviera a casa. Tras el almuerzo, la señora Hamley fue a descansar para estar fresca cuando llegara Roger, y Molly se retiró a su habitación intuyendo que sería mejor para ella quedarse allí hasta la cena, para que así el padre y la madre pudieran recibir al joven en privado. Se llevó un libro de poemas manuscritos: todos ellos composiciones de Osborne Hamley; más de una vez su madre le había leído algunos en voz alta. La muchacha había pedido permiso para copiar sus composiciones favoritas; y esa tranquila tarde de verano la pasó copiando aquellos versos, sentada frente a la ventana abierta, y extraviándose como en un ensueño en las vistas de los jardines y los bosques, temblorosas al calor de mediodía. La casa estaba tan calma que su silencio podría haber asemejado al de la «granja con foso» del poema de Tennyson; el zumbido de las moscas azules, en la gran ventana junto a la escalera, parecía ser el ruido más sonoro de la casa. Y del exterior apenas llegaba, de los macizos de flores de debajo la ventana, el zumbido de las abejas. La rozaban voces lejanas procedentes de parcelas remotas en donde se segaba el heno —cuyo aroma se percibía en ráfagas muy distintas del aroma de las rosas y las madreselvas del jardín—, y esas voces alegres y aflautadas eran justamente las que hacían sentir a Molly la hondura de ese silencio. Había dejado de copiar, la mano cansada de tanto escribir al no estar acostumbrada, y, con cierta indolencia, intentaba aprenderse de memoria alguno de esos poemas.


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