Hijas y esposas

Hijas y esposas

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A las diez de la mañana de aquel señalado jueves, el carruaje de Cumnor Towers emprendió su periplo. Molly estaba lista mucho antes de que apareciera, aunque se había acordado que ella y las Browning no irían hasta el cuarto y último viaje. Se había lavado, frotado y abrillantado la cara; su vestido, sus volantes, sus cintas estaban blancas como la nieve. Llevaba una capa negra que había sido de su madre, adornada profusamente con encajes, que en la niña quedaba extraña y pasada de moda. Por primera vez en la vida llevaba guantes de cabritilla; hasta ahora siempre los había llevado de algodón. Los guantes eran demasiado grandes para sus deditos, pero, como Betty le había dicho que le habían de durar muchos años, no se quejó. Temblaba de emoción, y hubo un momento en que casi se desmaya de lo larga que fue la espera. Por mucho que Betty le dijera que una olla no hierve antes por mucho que la miremos, Molly no apartaba los ojos de la sinuosa calle por donde había de llegar el carruaje, y éste, al cabo de dos horas, por fin hizo su aparición. Tuvo que sentarse en el vivo del asiento para no arrugar los vestidos nuevos de las Browning, pero tampoco podía echarse muy hacia adelante, por temor a incomodar a la obesa señora Goodenough y a su sobrina, sentadas frente a ella. Y, aparte de no poderse sentar como es debido, había otra cosa que le causaba malestar, y era tener que estar en el centro del carruaje de manera tan visible, expuesta a la observación de todo Hollingford. Era un día demasiado festivo para que las labores de aquella pequeña localidad siguieran adelante como si tal cosa. Las doncellas se asomaban por la ventana; las esposas de los tenderos miraban desde el umbral; las mujeres de los granjeros salían corriendo de su casa, con el bebé en brazos; y las niñas, que aún no tenían edad para saber comportarse con respeto ante la visión del carruaje de un conde, lo vitoreaban alegres al verlo pasar. La mujer de la casa del guarda se cuidaba de que la verja estuviera abierta, e hizo un amago de reverencia a los criados. Y ahora ya estaban en el parque; y ahora ya veían Cumnor Towers, y en aquel carruaje lleno de señoras se hizo el silencio, sólo perturbado por un sordo comentario de la sobrina de la señora Goodenough, forastera en la ciudad, mientras se aproximaban al doble semicírculo de escalinatas que ascendían hasta la puerta de la mansión.


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