Hijas y esposas

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XIX

EL padre de Molly no estaba en casa cuando regresó; y no había nadie para darle la bienvenida. Los sirvientes le dijeron que la señora Gibson estaba de visita. Molly subió a su habitación con la intención de deshacer el equipaje y ordenar los libros que le habían prestado. Para su sorpresa comprobó que estaban limpiando el aposento de enfrente; también entraban agua y toallas.

—¿Va a venir alguien? —le preguntó a la doncella.

—La hija de la señora. La señorita Kirkpatrick llega mañana.

¿Por fin llegaba Cynthia? Oh, qué bien tener una compañera, una muchacha, una hermana de su edad. En un suspiro, el alicaimiento de Molly se convirtió en alegría. Deseaba que la señora Gibson volviera pronto para enterarse de los detalles; debía de haber sido una decisión muy repentina, pues el día antes, en Hamley Hall, su padre no le había dicho nada. Sin muchas ganas de leer, colocó los libros con la pulcritud habitual en ella. Bajó a la sala, incapaz de hace nada de tan excitada como estaba. Por fin llegó la señora Gibson, agotada después de haber venido andando bajo el peso de su gruesa capa de terciopelo. Hasta que no se la hubo quitado y descansado unos minutos, no fue capaz de responder a la preguntas de Molly.


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