Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Cynthia parecía mostrarse totalmente indiferente a esa circunstancia, y hacía muy poco caso de la constante cháchara de su madre sobre las diversiones que eran posibles, e imposibles, en Hollingford. Se esforzaba lo mismo en mostrarse encantadora con las señoritas Browning de lo que se hubiese esforzado con Osborne Hamley, o cualquier otro heredero. Es decir, que no se esforzaba, sino que simplemente seguía su naturaleza, que era la de mostrarse atractiva ante cualquier persona que se le pusiera por delante. Y hay que decir que, si en algo se esforzaba, era quizá en procurar ser menos atractiva, y en protestar, con pocas palabras y expresivas miradas, contra las palabras y caprichos de su madre, al igual que contra sus desatinos y caricias. Molly casi lo lamentaba por la señora Gibson, que parecía incapaz de ejercer la menor influencia sobre su hija. Un día, Cynthia leyó los pensamientos de Molly.

—No soy buena, ya te lo dije. No puedo perdonarla por lo mucho que me desatendió de niña, cuando más la necesitaba. Además, cuando estaba en la escuela apenas tenía noticias de ella. Y sé que impidió que asistiera a la boda. Vi la carta que le escribió a madame Lefevre. Una niña ha de educarse con sus padres, sólo así le parecerán infalibles cuando crezca.

—Pero, aunque sepa que sus padres tienen defectos —replicó Molly—, debería pasarlos por alto e intentar olvidarlos.


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