Hijas y esposas
Hijas y esposas EN Hamley Hall, las cosas iban mucho peor de lo que Roger había contado. Además, gran parte del malestar surgía de la «simple actitud» de sus habitantes, algo indefinible y difícil de describir. Aunque la señora Hamley había sido una mujer de aspecto tranquilo y pasivo, fue siempre la que mandó en la casa. Las instrucciones a los criados, hasta el detalle más nimio, procedían de su saloncito, o del diván donde estaba postrada. Sus hijos siempre sabían dónde encontrarla; y quien la encontraba hallaba amor y comprensión. Su marido, a menudo desasosegado o airado por una u otra razón, acudía a ella en busca de consuelo y paz. El señor hidalgo no ignoraba la influencia benéfica que ella tenía sobre él, y se serenaba enormemente en su presencia, igual que un niño cuando encuentra en alguien cariño y firmeza. Pero el puntal de aquella familia había desaparecido, y las piedras de que ésta se componía comenzaban a derrumbarse. Siempre produce tristeza comprobar que una aflicción así parece perjudicar el carácter de los que sobreviven a un difunto. Sin embargo, a veces este perjuicio es sólo temporal o superficial; nunca son nuestros juicios tan crueles ni erróneos como cuando juzgamos el modo en que la gente sufre la pérdida de las personas a las que más quiere. A un observador poco atento, por ejemplo, le parecería que el señor Hamley, tras la muerte de su esposa, se había vuelto más caprichoso y exigente, más vehemente y autoritario. Y lo cierto es que el fallecimiento se había producido en un momento en que se veía acosado por mil problemas, y algunos de ellos le estaban amargando; y ella ya no estaba: ya no podía llevarle su dolido corazón para que lo curara con el dulce bálsamo de sus dulces palabras. Y no podía compartir con nadie el dolor y la pena de su corazón, y a menudo, cuando veía cómo su conducta violenta afectaba a los demás, habría gritado de piedad, en lugar de dar rienda suelta a su cólera y resentimiento. «Ten piedad de mí, pues soy muy desgraciado.»[41] ¡Cuántas veces estos mudos pensamientos surgen del corazón de quienes no saben encauzar su aflicción, como plegarias contra el pecado! Y cuando el hidalgo veía que sus criados comenzaban a temerle, y su primogénito a evitarle, no les culpaba. Sabía que se estaba convirtiendo en un tirano; parecía que las circunstancias se volvían en su contra, como si fuera demasiado débil para enfrentarse a ellas; y, si no, ¿por qué todo se torcía, dentro y fuera de su casa en ese momento, cuando lo único que habría hecho, de haberle sido las cosas propicias, habría sido resignarse, con imperfecta paciencia, a la pérdida de su esposa? Pero, justo cuando necesitaba dinero en efectivo para apaciguar a los acreedores de Osborne, la cosecha había sido pobrísima, y el precio del maíz había descendido a mínimos que ni se recordaban. En la época en que se casó, se hizo un seguro de vida por una suma importante. Su intención fue que no le faltara de nada a su esposa, ni a su hijo menor, caso de que éstos le sobrevivieran. Ahora Roger era el único beneficiario, pero él no estaba dispuesto a perder aquel seguro dejando de pagar la prima anual. Ni tampoco, de haber podido, habría vendido parte de las tierras que había heredado de su padre; además, éstas estaban bajo estricto régimen de mayorazgo. A veces se decía que sería una sabia medida vender una parte, pues con el dinero habría drenado y roturado las restantes; por un vecino se había enterado de que el gobierno concedía préstamos para el drenaje a intereses muy bajos, a condición de que las labores se hicieran, y el dinero se devolviera, en un período estipulado de tiempo; su mujer le había instado a que aprovechara las ventajas de ese préstamo. Pero ahora no tenía quien le animara, y él mismo se mostraba indiferente a los progresos de esas labores, y ya no se preocupaba de salir a lomos de su recia jaca ruana a supervisar a los trabajadores que laboraban en las tierras pantanosas cubiertas de juncos, ni sentía interés por hablar con ellos en el cerrado dialecto local: pero había que pagar igualmente los intereses del gobierno, trabajaran los hombres bien o mal. Y luego resultó que, aquel invierno, hubo goteras en el techo de la casa durante las nieves de invierno, y, al inspeccionarlo, descubrieron que era imprescindible cambiarlo. Los hombres que vinieron a reclamar el dinero prestado a Osborne en Londres se refirieron desdeñosamente a la madera de la finca: «Excelentes árboles… debieron de ser hace cincuenta años, pero ahora están podridos; habría que haberlos talado y aclarar el bosque. ¿Es que no tienen guardabosques? No valen ni la mitad de lo que nos había dicho el joven señor Hamley». Estos comentarios habían llegado a oídos del terrateniente. Amaba aquellos árboles bajo los que había jugado de niño como si fueran criaturas vivas; eso formaba parte del lado romántico de su carácter. Hasta ese momento había estimado que su valor en libras esterlinas debía de ser muy alto, y ninguna opinión había corregido su juicio. Por ello, las palabras de aquellos tasadores le hirieron en lo más hondo, aunque fingió no creerles, e intentó convencerse de que mentían. En cualquier caso, estas preocupaciones y decepciones no afectaban a la raíz del profundo rencor que sentía contra Osborne. Nada como el afecto traicionado para alimentar la ira. Y el señor Hamley creía que Osborne y sus asesores habían estado haciendo cálculos basados en su muerte. Odiaba tanto esa idea, le hacía sentirse tan desdichado, que era incapaz de enfrentarse a ella, ni de hacer las investigaciones pertinentes para averiguar si era cierta. Prefería alimentar la mórbida fantasía de que ya no tenía utilidad alguna en el mundo, de que había nacido bajo una estrella de mal augurio, y de que por eso todo le iba mal. Pero eso no le hacía ser humilde. Achacaba sus desgracias al Destino, no a él; y se imaginaba que Osborne acechaba sus fracasos, e iba contando los días que le quedaban de vida. Todas estas fantasías habrían quedado en nada de haber podido consultarlas con su mujer, o de haberse relacionado con aquellas personas a quien consideraba sus iguales; pero, como ya se ha dicho, era inferior en estudios a los hombres de su mismo rango social; y quizá los celos y el falso orgullo que su inferioridad había ido cultivando desde hacía mucho tiempo, se extendían, en cierta medida, a los sentimientos que albergaba por sus hijos, menos por Roger que por Osborne, aunque el primero estuviera resultando ser con mucho el más sobresaliente. Roger era práctico; le interesaba las cuestiones agrícolas, y disfrutaba con los detalles, bastante sencillos, que su padre a veces le explicaba de las cosas cotidianas que observaba en los bosques y los campos. Osborne, por el contrario, era lo que solía llamarse «refinado»; delicado hasta casi el afeminamiento en sus maneras y atuendo; muy observador. De todo ello se había sentido orgulloso su padre en la época en que le auguraba una brillante carrera en Cambridge; entonces había considerado su elegancia y su afectación una virtud a la hora de conseguirle un buen y próspero matrimonio que habría de restaurar la antigua fortuna de la familia Hamley. Pero Osborne se había graduado sin brillantez, y todas las expectativas de su padre se habían frustrado; ahora que su refinamiento había acarreado gastos inesperados (por atribuir las deudas de Osborne a causas inocentes), las maneras afectadas del joven no hacían sino irritarlo. Guando estaba en casa, seguía dedicado a sus libros y a sus escritos; y esta manera de pasar el tiempo hacía que tuvieran muy poco de qué hablar cuando se reunían para comer o por las noches. Quizá si Osborne hubiera sido capaz de encontrar algo que hacer fuera de casa, las cosas habrían sido distintas; pero era corto de vista, por lo que poco disfrutaba de sus paseos por el campo; en el condado conocía a muy pocos jóvenes de su posición; incluso sus cacerías, a las que tan aficionado era, se habían visto reducidas esa temporada, pues su padre había tenido que prescindir de uno de los dos caballos de caza que hasta entonces había podido permitirse. Todo el establo se había visto drásticamente reducido, quizá porque la economía ya no toleraba las diversiones a que antes se entregaban padre e hijo, y ahora se veían obligados a seguir sus dictados. El antiguo carruaje —un enorme coche familiar comprado en épocas más prósperas— ya no era necesario tras la muerte de la señora, y se caía a pedazos en la cochera, cubierto de telarañas. El mejor de los dos caballos del carruaje se utilizaba para la calesa, el vehículo en que ahora se trasladaba el terrateniente; y le decía a todo aquel que quisiera escucharle que era la primera vez en muchas generaciones que los Hamley de Hamley habían sido incapaces de conservar sus carruajes. El otro caballo se pasaba el día pastando, pues era demasiado viejo para trabajar. Conquistador solía acercase relinchando a las estacas del parque siempre que veía a su amo, quien solía darle un trozo de pan, o azúcar, o una manzana, y le hablaba muchas veces al animal, en tono quejumbroso, de cómo habían cambiado las cosas desde que los dos estaban en la flor de la vida. Nunca había sido costumbre del señor hidalgo animar a sus hijos a que invitaran a sus amigos a Hamley Hall. Quizá eso también se debiera a su falso orgullo, y también a que era consciente de las deficiencias de la casa, en comparación con los lujos a que, imaginaba, debían de estar acostumbrados esos jóvenes en sus hogares. Se lo explicó un par de veces a Roger y a Osborne cuando iban a la escuela de Rugby.