Hijas y esposas
Hijas y esposas OSBORNE se tomó solo el café en el salón. También, en cierto, modo, se sentía desdichado. Estaba junto a la lumbre, meditando sobre su situación. No estaba muy al corriente de las finanzas de su padre, pues éste nunca hablaba de ellas sin enfadarse; y muchas de sus frases contradictorias y deslavazadas —aunque todas ellas, por contradictorias que pudieran parecer, tenían un fondo de verdad— las achacaba su hijo a las exageraciones que se derivan del mal humor. Pero a un joven de la edad de Osborne era un engorro verse continuamente falto de liquidez. Los principales ingresos que aprovisionaban la pródiga, casi lujosa mesa de Hamley Hall procedían de las rentas de la tierra; y, tal como discurría la vida cotidiana en la casa, no parecía que carecían de dinero. Osborne, siempre y cuando no le faltara de nada en casa, se daba por satisfecho; pero tenía una esposa en alguna parte —a la que quería ver constantemente—, y eso hacía que los viajes fueran imprescindibles. Y a ella, pobrecilla, había que mantenerla. ¿De dónde sacaría el dinero para sus viajes y para satisfacer las modestas necesidades de Aimée? Eso era lo que más preocupaba a Osborne en ese momento. Mientras estudiaba en la universidad, sus ingresos como heredero de Hamley habían sido de trescientas libras, mientras que Roger había tenido que contentarse con cien menos. El pago de estas sumas anuales le había causado muchos trastornos a su padre, pero las había considerado un inconveniente temporal, quizá de manera poco razonable. Osborne iba a hacer grandes cosas, sacar las mejores notas, conseguir un puesto de fellow, casarse con la heredera de una familia de rancio abolengo, vivir en algunas de las múltiples habitaciones deshabitadas de Hamley Hall y ayudar a su padre a administrar la finca que algún día sería suya. Roger sería clérigo; el lento pero seguro Roger sólo servía para eso, y, si se negaba a entrar en la iglesia, y prefería una vida más activa y aventurera, Roger sería… cualquier cosa; era una persona práctica, y capaz de dedicarse a cualquiera de esos trabajos que le estaban vedados a Osborne por su «delicadeza» y su pseudo-genio. Y bien estaba que fuera el primogénito, pues así nunca tendría que luchar en este mundo; y lo de dedicarse a una profesión sería como cortar bloques de piedra con una navaja de afeitar. Y ahí estaba ahora, viviendo en casa y deseando estar en cualquier otra parte. Ya no recibía su asignación, que durante el último año le había llegado puntualmente gracias a la insistencia de su madre; pero el hecho de que hubiese cesado no había sido comentado ni por el padre ni por el hijo: entre ellos, el dinero era un tema demasiado doloroso. De vez en cuando, el señor hidalgo le arrojaba un billete de diez libras; pero el reprimido reconcomio con que se las entregaba, y la total incertidumbre de Osborne sobre cuándo las recibiría, impedían totalmente hacer planes con antelación.