Hijas y esposas
Hijas y esposas Si la señora Gibson hubiera podido pedirle a Osborne, o en su defecto a Roger Hamley, que fuera al baile con ellas y se quedara a dormir en su casa, o si, de hecho, hubiera podido recoger a un retoño extraviado de alguna de las «grandes familias del condado» a quien semejante propuesta hubiera podido convenirle, habría convertido su saloncito, con gran placer, en lo que era antes: una habitación de invitados. Pero no creía que valiera la pena molestarse por ninguna de esas mujeres vulgares y mal vestidas que había conocido en Ashcombe. Por el señor Preston podría haber merecido la pena ceder su habitación; tenía a su favor ser un joven apuesto y próspero, y además buen bailarín. Pero había otros factores que pesaban en su contra. El señor Gibson, que deseaba corresponder a la hospitalidad que él le había mostrado en su boda, sentía, sin embargo, una aversión instintiva a ese hombre, que no vencía el deseo de corresponder a su amabilidad, ni tampoco el más honorable sentido de la hospitalidad. La señora Gibson conservaba algunos viejos resquemores contra el señor Preston, pero no era una persona de natural rencorosa ni vengativa; le temía al tiempo que le admiraba. Resultaba un tanto embarazoso —se decía— entrar en un baile sin la compañía de un hombre… ¡y cualquiera sabía dónde estaría el señor Gibson! En parte por esta última razón, y en parte porque la conciliación era siempre la mejor política, a la señora Gibson le parecía que quizá fuera buena idea tener al señor Preston de invitado. Pero, en cuanto Cynthia oyó que se planteaba esa posibilidad, o, mejor dicho, oyó que se mencionaba en ausencia del señor Gibson, afirmó que, si el señor Preston era invitado, ella no asistiría al baile. No lo dijo ni con ira ni con emoción, sino con tan serena resolución que Molly la miró sorprendida. Vio que Cynthia estaba pendiente de su costura, y que no pensaba levantar la vista, ni dar más explicaciones. La señora Gibson también quedó atónita, y un par de veces a punto pareció de preguntar algo, pero no se la veía tan enfadada como Molly hubiese imaginado. Observó a Cynthia furtivamente, en silencio, unos instantes, y a continuación dijo que, pensándolo bien, no le parecía práctico renunciar a su salita, y que mejor no hablar más del asunto. Así pues, los Gibson no tuvieron ningún invitado para el baile, aunque la señora Gibson reiteró cuánto lamentaba no poder ofrecer su hospitalidad, y que esperaba poder ampliar su casa antes del siguiente baile trienal en Hollingford.