Hijas y esposas
Hijas y esposas DIECISÉIS años atrás, todo Hollingford se vio sacudido hasta los cimientos al enterarse de que el señor Hall, el competente médico, iba a tomar un socio. De nada sirvió razonarles la situación de modo que el señor Browning (el vicario), el señor Sheepshanks (el administrador de lord Cumnor) y el propio señor Hall, los razonadores masculinos de aquella pequeña sociedad, renunciaron a ello, percibiendo que el che sará sará[7a] silenciarÃa más las murmuraciones que cualquier argumento. El señor Hall les dijo a sus fieles pacientes que, incluso con sus gruesos lentes su vista no era de fiar; podÃan comprobar por sà mismos lo bastante duro de oÃdo, aunque, en este punto, se obstinaba en aferrarse a la opinión de que en los tiempos que corrÃan la gente se preocupaba muy poco por hacerse entender, y era frecuente oÃrle decir que la gente habla como si escribiera en papel secante, con palabras atropellándose unas sobre otras. Y en más de una ocasión el señor Hall habÃa tenido algunos ataques de naturaleza sospechosa que le habÃan impedido atender algunas llamadas urgentes. Pero, aun ciego, sordo y reumático, seguÃa siendo el señor Hall, el médico que podÃa curar las dolencias de los habitantes de la localidad —al menos que se le murieran entretanto—, y ningún derecho tenÃa a hablar de hacerse viejo y menos de tomar un socio.
