Hijas y esposas

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III

DIECISÉIS años atrás, todo Hollingford se vio sacudido hasta los cimientos al enterarse de que el señor Hall, el competente médico, iba a tomar un socio. De nada sirvió razonarles la situación de modo que el señor Browning (el vicario), el señor Sheepshanks (el administrador de lord Cumnor) y el propio señor Hall, los razonadores masculinos de aquella pequeña sociedad, renunciaron a ello, percibiendo que el che sará sará[7a] silenciaría más las murmuraciones que cualquier argumento. El señor Hall les dijo a sus fieles pacientes que, incluso con sus gruesos lentes su vista no era de fiar; podían comprobar por sí mismos lo bastante duro de oído, aunque, en este punto, se obstinaba en aferrarse a la opinión de que en los tiempos que corrían la gente se preocupaba muy poco por hacerse entender, y era frecuente oírle decir que la gente habla como si escribiera en papel secante, con palabras atropellándose unas sobre otras. Y en más de una ocasión el señor Hall había tenido algunos ataques de naturaleza sospechosa que le habían impedido atender algunas llamadas urgentes. Pero, aun ciego, sordo y reumático, seguía siendo el señor Hall, el médico que podía curar las dolencias de los habitantes de la localidad —al menos que se le murieran entretanto—, y ningún derecho tenía a hablar de hacerse viejo y menos de tomar un socio.


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