Hijas y esposas

Hijas y esposas

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UN par de días después, el señor Gibson se permitió acercarse a Hamley Hall, deseoso de conocer por boca de Roger los pormenores de su proyecto, y sin saber muy bien si debía entrometerse o no. El caso era éste: en opinión del señor Gibson, los síntomas de Osborne eran señal de una enfermedad mortal. El doctor Nicholls había disentido de su opinión, y el señor Gibson sabía que el anciano doctor tenía una dilatada experiencia, y se le tenía por uno de los mejores de la profesión. Sin embargo, creía tener razón, y, si era así, aquella dolencia podía continuar manifestándose en Osborne durante años, o acabar con su vida en cuestión de una hora, o de un minuto. Y, si el señor Gibson tuviera razón, ¿sería conveniente que Roger estuviera lejos de casa, ilocalizable, durante dos años? Sin embargo, la intromisión de un médico podría acelerar el peligro a temer; y, después de todo, el doctor Nicholls podía estar en lo cierto, y quizá los síntomas tenían otra causa. ¿Era eso posible? Sí. ¿Probable? No. El señor Gibson no podía responder que sí a esa última pregunta. De modo que siguió cabalgando, meditabundo; las riendas flojas, la cabeza un poco gacha. Era uno de esos deliciosos días de otoño en que las hojas amarillas y rojas son perchas para el rocío; los setos están llenos de zarzamoras trepadoras, cargadas de frutos maduros; el aire poblado de lejanos cantos de pájaros, claros y breves: distintos de los sonoros gorjeos típicos de la primavera; en los rastrojos se oye el susurro de las alas de las perdices, mientras las pezuñas del caballo golpean las veredas empedradas; cuando aquí y allá una hoja flota y revolotea hasta llegar al suelo, aunque no haya una pizca de aire. El médico rural percibía la belleza de las estaciones quizá mejor que nadie. Las veía de día, de noche, con sol y tormenta, arando el día estaba despejado y cuando estaba cubierto. Jamás hablaba de lo que esas cosas le inspiraban; de hecho, no ponía los sentimientos en palabras, ni siquiera para sí. Pero, si su estado de ánimo rozaba alguna vez lo sentimental, era en días así. Llegó al establo, entregó el animal a un mozo y entró en la casa por una puerta lateral. Por el camino se encontró con el señor Hamley.


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