Hijas y esposas
Hijas y esposas EL señor Gibson no fue a cenar a casa, probablemente retenido por algún paciente. Eso era algo habitual; lo que no era ya tan habitual era que la señora Gibson bajara al comedor y le hiciera compañía mientras cenaba, un par de horas después de que lo hubiese hecho su familia. Por lo general, prefería quedarse en su butaca, o en un rincón del sofá, en la salita de arriba, aunque muy rara vez le permitía a Molly ese privilegio que ella casi siempre desatendía. Molly habría bajado de buena gana para hacerle compañía a su padre en todas esas solitarias cenas; pero, a fin de mantener la paz y la tranquilidad domésticas, renunciaba a su deseo.
La señora Gibson se sentó junto al fuego, y esperó con paciencia el auspicioso momento en que el señor Gibson, tras satisfacer su saludable apetito, se apartara de la mesa y se sentara junto a ella. Entonces se levantó y, con desacostumbrada atención, desplazó el vino y los vasos para que él pudiera servirse sin moverse de la silla.
—¡Muy bien! ¿Estás cómodo? Porque tengo grandes noticias que darte —dijo, cuando acabó sus preparativos.
—Me imaginaba que algo te traías entre manos —repuso él, sonriendo—. ¡Al grano!
—Roger Hamley ha venido esta tarde a despedirse.
