Hijas y esposas
Hijas y esposas Pero un día el señor Gibson cedió y se ofreció a llevar a Molly. La señora Hamley recibió la proposición con «los brazos y el corazón abiertos», tal como lo expresó; y no se especificó cuántos días se quedaría la niña. Y lo que había obrado este cambio en el señor Gibson fue lo siguiente: hemos ya dicho que, en contra de sus deseos, cierto es, aceptaba alumnos; y en aquella época tenía dos: el señor Wynne y el señor Coxe, «los jóvenes caballeros», como los llamaban en la casa, o «los jóvenes caballeros del señor Gibson», como los denominaban en la ciudad. El señor Wynne era el mayor, el más experimentado, el que a veces ocupaba el lugar de su maestro, y el que iba acumulando experiencia visitando a los pobres y a los «pacientes crónicos». El señor Gibson solía comentar su trabajo con el señor Wynne, e intentaba recabar sus opiniones con la vana esperanza de oírle expresar, algún día, un pensamiento original. El joven era cauto y lento; nunca haría daño su precipitación, pero también es cierto que siempre iba con un pie atrás. Sin embargo, el señor Gibson recordaba haber tenido «jóvenes caballeros» mucho peores; y estaba contento, si no agradecido, de contar con un discípulo como el señor Wynne. El señor Coxe era un mozo de unos diecinueve años, lustrosamente pelirrojo y con una cara tolerablemente roja, cosas ambas de las que se sentía avergonzado. Era hijo de un oficial que servía en la India, un viejo conocido del señor Gibson. En aquella época el comandante Coxe se hallaba destinado en algún puesto impronunciable del Punjab; pero el año anterior había estado en Inglaterra, y había expresado repetidamente su satisfacción al ver a su único hijo como discípulo de un viejo amigo, pues de hecho le había encargado a éste no sólo la instrucción del muchacho, sino también su tutela, dándole muchas instrucciones sobre cómo tratarlo; a lo que el señor Gibson había respondido, con cierto enojo, que todos sus discípulos estaban perfectamente atendidos. Pero, cuando el pobre comandante imploró que considerara a su muchacho como alguien de la familia, y le permitiera pasar las veladas en la sala de estar en lugar de en el consultorio, el señor Gibson le replicó con una tajante negativa.