Hijas y esposas
Hijas y esposas UN dÃa, por alguna razón, el señor Gibson volvió a casa inesperadamente. HabÃa entrado por la puerta del jardÃn —éste comunicaba con el establo, donde habÃa dejado su caballo—, y, tras cruzar el vestÃbulo, se abrió la puerta de la cocina, y la muchacha que hacÃa de sirvienta entró corriendo con una nota en la mano, con ademán de llevarla al piso de arriba; pero al ver a su amo tuvo un leve sobresalto, y dio media vuelta como si fuera a esconderse en la cocina. De no haber hecho ese movimiento, que tanta culpa delataba, el señor Gibson, que era una persona muy poco suspicaz, ni siquiera se hubiese fijado en ella. Pero, al verla obrar asÃ, se dirigió rápidamente a la cocina, abrió la puerta y la llamó: «Bethia», con tanta brusquedad que la muchacha no tardó en aparecer.
—Dame esa nota —dijo el señor Gibson. Ella vaciló.
—Es para la señorita Molly —tartamudeó la muchacha.
—¡Dámela! —repitió él con mayor aspereza. Bethia puso cara de echarse a llorar, pero no soltaba la nota.
—Él dijo que se la diera en mano; y yo prometà que lo harÃa.
—Cocinera, ve a buscar a la señorita Molly. Dile que venga enseguida.
