Hijas y esposas

Hijas y esposas

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V

UN día, por alguna razón, el señor Gibson volvió a casa inesperadamente. Había entrado por la puerta del jardín —éste comunicaba con el establo, donde había dejado su caballo—, y, tras cruzar el vestíbulo, se abrió la puerta de la cocina, y la muchacha que hacía de sirvienta entró corriendo con una nota en la mano, con ademán de llevarla al piso de arriba; pero al ver a su amo tuvo un leve sobresalto, y dio media vuelta como si fuera a esconderse en la cocina. De no haber hecho ese movimiento, que tanta culpa delataba, el señor Gibson, que era una persona muy poco suspicaz, ni siquiera se hubiese fijado en ella. Pero, al verla obrar así, se dirigió rápidamente a la cocina, abrió la puerta y la llamó: «Bethia», con tanta brusquedad que la muchacha no tardó en aparecer.

—Dame esa nota —dijo el señor Gibson. Ella vaciló.

—Es para la señorita Molly —tartamudeó la muchacha.

—¡Dámela! —repitió él con mayor aspereza. Bethia puso cara de echarse a llorar, pero no soltaba la nota.

—Él dijo que se la diera en mano; y yo prometí que lo haría.

—Cocinera, ve a buscar a la señorita Molly. Dile que venga enseguida.


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