Hijas y esposas
Hijas y esposas MOLLY encontró a Cynthia en la salita, junto al mirador, contemplando el jardÃn. Se sobresaltó cuando la vio a su lado.
—Oh, Molly —dijo, tendiendo los brazos hacia ella—. ¡Me alegro tanto de que estés aquà conmigo!
Y, si alguna vez, de manera inconsciente, Molly sentÃa vacilar su lealtad a Cynthia, estas efusiones de afecto la obligaban a reconsiderar su actitud. Mientras desayunaban pensaba que Cynthia debÃa ser menos reservada y no guardar tantos secretos; pero ahora juzgaba una traición haber querido que fuera algo distinto de lo que era. En ningún otro momento habÃa tenido Cynthia ese poder del que hablaba Goldsmith cuando escribió:
Apartó a sus amigos de su lado, igual que un cazador aparta su jaurÃa, sabiendo que, con un silbido, a su lado aquellos volverÃan.
—¿Sabes una cosa? Creo que te alegrará saber lo que tengo que decirte —dijo Molly—. ¿Te gustarÃa ir a Londres, verdad?
—SÃ, pero de nada vale que me guste o no —dijo Cynthia—. No vuelvas a empezar con eso, Molly, porque el asunto está decidido. No puedo decirte por qué, pero no puedo ir.
