Hijas y esposas

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XXXIX

MOLLY encontró a Cynthia en la salita, junto al mirador, contemplando el jardín. Se sobresaltó cuando la vio a su lado.

—Oh, Molly —dijo, tendiendo los brazos hacia ella—. ¡Me alegro tanto de que estés aquí conmigo!

Y, si alguna vez, de manera inconsciente, Molly sentía vacilar su lealtad a Cynthia, estas efusiones de afecto la obligaban a reconsiderar su actitud. Mientras desayunaban pensaba que Cynthia debía ser menos reservada y no guardar tantos secretos; pero ahora juzgaba una traición haber querido que fuera algo distinto de lo que era. En ningún otro momento había tenido Cynthia ese poder del que hablaba Goldsmith cuando escribió:

Apartó a sus amigos de su lado, igual que un cazador aparta su jauría, sabiendo que, con un silbido, a su lado aquellos volverían.

—¿Sabes una cosa? Creo que te alegrará saber lo que tengo que decirte —dijo Molly—. ¿Te gustaría ir a Londres, verdad?

—Sí, pero de nada vale que me guste o no —dijo Cynthia—. No vuelvas a empezar con eso, Molly, porque el asunto está decidido. No puedo decirte por qué, pero no puedo ir.


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