Hijas y esposas
Hijas y esposas A juzgar por lo que contó la señora Gibson a su regreso, su estancia en Londres había sido maravillosa. Lady Cumnor se había mostrado amable y afectuosa, «tan conmovida de que hubiera ido a verla, tan poco tiempo después de haber vuelto a Inglaterra»; lady Harriet había estado encantadora; lord Cumnor «tan campechano como de costumbre»; y en cuanto a los Kirkpatrick, ni siquiera el presidente de la Cámara de los Lores debía de tener una casa tan magnífica, y la toga de seda del consejero de la reina flotaba sobre las doncellas y los lacayos. También Cynthia se había quedado muy admirada; y la señora Kirkpatrick la había colmado de vestidos de noche y guirnaldas, y bonitos sombreros y capas, como una buena madrina. Las pobres diez libras que le había regalado el señor Gibson habían encogido hasta alcanzar ínfimas dimensiones en comparación con toda esa munificencia.
