Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No sabía que fuera tan mala —dijo Cynthia, sonriendo un poco a través de las lágrimas que inundaban sus ojos, tras las palabras y las caricias de Molly—. Pero me he metido en muchos líos. A veces pienso que siempre estaré en apuros. Ahora mismo estoy metida en un lío y, si se descubre, pareceré peor de lo que soy en realidad; y sé que entonces tu padre me echará, y yo… no, no me da miedo que tú me desprecies, Molly.

—Y no lo haré, te lo aseguro. Y este apuro en que andas metida… ¿crees…? ¿Cómo se lo tomaría Roger? —preguntó Molly con timidez.

—No lo sé. Espero que nunca se entere. Tampoco veo cómo iba a enterarse, pues en breve todo estará arreglado. Jamás se me ocurrió que estaba obrando mal. Cuántas veces he querido contártelo todo, Molly.

Molly no quería forzarla, aunque deseaba saber por si podía serle de ayuda; pero, mientras Cynthia vacilaba y, a decir verdad, probablemente lamentaba haber insinuado que podía otorgarle su confianza, entró la señora Gibson, con la única idea de arreglar uno de sus vestidos para adaptarlo a la moda que había visto en su estancia en Londres. Cynthia pareció olvidarse de sus lágrimas y pesares, y se dedicó en cuerpo y alma a su labor.


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