Hijas y esposas

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XLIV

RESULTÓ bastante curioso que, tras las tormentas de la noche, el desayuno transcurriera con tanta calma. Cynthia estaba pálida; pero hablaba con la tranquilidad de costumbre, de cosas de poca importancia, mientras que Molly observaba en silencio, atónita, y cada vez más convencida de que Cynthia, para poder aparentar tanta compostura, debía de haber acumulado una larga experiencia a la hora de ocultar sus auténticos pensamientos y sus preocupaciones más secretas. Entre las cartas que llegaron aquella mañana había una de los Kirkpatrick de Londres; pero no de Helen, que era quien se carteaba con Cynthia. La hermana de Helen escribía para disculparse en nombre de ésta, que se hallaba un tanto indispuesta: había pasado la gripe, y se había quedado muy débil.

—Que venga aquí para cambiar de aires —dijo el señor Gibson—. En esta época del año, el campo es más saludable que Londres, excepto si está rodeado de árboles. Nuestra casa está bien ventilada, se halla en un sitio elevado, sobre un terreno de grava, y yo la cuidaré gratis.


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