Hijas y esposas

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XLVII

CUANDO el señor Gibson volvió a Hollingford, se encontró con que tenía mucho trabajo acumulado, y empezó a reprocharse las consecuencias de aquellos dos días que casi habían sido de vacaciones, que le llevaron de cabeza el resto de la semana. Apenas tuvo tiempo de hablar con su familia, y de buena mañana tuvo que irse a atender a los enfermos más necesitados. Pero Molly consiguió detenerle en el vestíbulo, donde le aguardaba con su enorme capote en la mano, dispuesta a dárselo para que se lo pusiera; y cuando lo hizo le susurró:

—Papá, el señor Osborne Hamley estuvo aquí ayer. Vino a verte. Parecía muy enfermo, y no me cabe duda que teme por su salud.

El señor Gibson se la quedó mirando un momento; pero lo único que dijo fue:

—Iré a verle; no le digas a tu madre dónde he ido; espero que no se lo hayas dicho a ella.

—No —dijo Molly; lo único que le había dicho a la señora Gibson era que Osborne había venido de visita, pero no el motivo.

—No le digas nada: no hay necesidad. Ahora que lo pienso, no sé si me será posible ir hoy… pero iré de todos modos.


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