Hijas y esposas

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—Estoy pensando seriamente en irme de este pueblo… aunque una tontería así sí que alimentaría el escándalo. —Luego guardó silencio unos momentos; las manos en los bolsillos, mirando el suelo, el andar marcial. De pronto se detuvo cerca de la señorita Browning—. Me estoy mostrando muy desagradecido con usted, pues con esto me ha demostrado su amistad sobradamente. Verdadero o falso, bien está que me haya enterado de los rumores que circulan; y para usted no habrá sido agradable contármelo. Gracias, desde lo más profundo de mi corazón.

—De verdad, señor Gibson, de haber sido mentira jamás se lo habría dicho, pero dejemos que se extingan los rumores.

—Pero ¡no es verdad! —dijo, obstinado, soltando la mano de la señorita Browning, que había cogido en su efusión de gratitud. Ella negó con la cabeza.

—Siempre querré a Molly, por el amor que le tuve a su madre —dijo. Y eso era una gran concesión por parte de la intachable señorita Browning. Pero el señor Gibson no lo entendió así.

—Tendría que quererla usted por sí misma. No ha hecho nada de lo que avergonzarse. Me voy a casa inmediatamente a averiguar la verdad.


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