Hijas y esposas

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XLVIII

CON la cabeza gacha, como si avanzara contra un vendaval —aunque no soplaba una brizna de aire—, el señor Gibson volvió rápidamente a su casa. Dio un campanillazo, en contra de su costumbre. María abrió la puerta.

—Dile a la señorita Molly que la espero en el comedor. No le digas quién la llama.

Hubo algo en el tono de sus palabras que empujó a María a obedecerle al pie de la letra, a pesar de la sorpresa de Molly:

—¿Que alguien quiere verme? ¿Quién es, María?

El señor Gibson entró en el comedor y cerró la puerta, pues quería estar un momento a solas. Se acercó a la chimenea, se apoyó en el manto con la cabeza entre las dos manos, intentando calmar los latidos de su corazón.

Se abrió la puerta. Supo que Molly había estado allí antes de oír su voz asombrada.

—¡Papá!

—¡Chitón! —dijo él, volviéndose bruscamente—. Cierra la puerta y ven aquí.

Ella se le acercó, preguntándose qué ocurría. Enseguida pensó en los Hamley.


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