La casa del paramo
La casa del paramo Cuando Frank se hubo marchado, empezó un noviembre de una dureza extrema, algo nada extraordinario en aquellos contornos. Llovía sin cesar, y la niebla impedía que los rayos de sol iluminaran las gotas de agua e hicieran brillar los tallos húmedos y las ramas de los árboles. Los colores parecían más oscuros y apagados, y una gloria otoñal de hojas secas caía empapada al suelo. Las últimas flores se pudrían antes de abrirse por completo, y era como si un cielo uniforme y plomizo se hubiera acercado y acercado hasta envolver la casita del páramo como un sudario. En el interior, las cosas no eran más alegres. Maggie veía a su madre muy abatida, y no podía sino achacarlo a los gastos excesivos de Edward. A menudo se preguntaba hasta dónde podría hablar de eso, y en un par de ocasiones estuvo a punto de sacar el tema; pero su madre torció el gesto, y a Maggie le pareció demasiado pronto para obligarla a afrontar ese dolor. Habría resultado un alivio para Maggie saber la verdad… lo peor de ella, al menos hasta donde la supiera su madre; pero no estaba acostumbrada a pensar en sí misma. Lo que intentaba, con sus constantes y tiernos cuidados, era consolar y animar a la señora Browne; y Nancy y ella se esforzaban cuanto podían por reducir los gastos de la casa, pues apenas tenían dinero para costearlos. Maggie escribía regularmente a Edward; pero, desde aquella nota en que su hermano le preguntó por el administrador del señor Buxton, no había vuelto a tener noticias suyas. No sabía si su madre recibía cartas de él, pero al menos no parecía ansiosa por recibirlas, aunque su aspecto físico y su forma de comportarse traicionaran su pesadumbre. Maggie casi agradeció tener otras cosas en que pensar cuando Nancy se puso enferma. El tiempo húmedo y sombrío le provocó un ataque de reuma que la obligó a guardar cama. Anteriormente, cuando se daba esa contingencia, contrataban a la mujer de algún lugareño para que hiciera las tareas de la casa; pero ahora sabían de un modo tácito que no podían permitírselo. Incluso cuando Nancy empeoró y necesitó que la cuidaran por la noche, Maggie continuó como si nada con sus quehaceres diarios. Era lo bastante sensata para descansar siempre que podía; y, con un poco de prudencia, esperaba superar aquella temporada agotadora. Una mañana (era el dos de diciembre, y la llegada de un nuevo mes, aunque no propiciara el menor cambio en las circunstancias ni en el tiempo, supuso cierto alivio; diciembre traía buenas nuevas en sí mismo), una mañana gris y oscura, después de mirar el reloj al salir del cuarto de Nancy y de comprobar que aún no eran las cinco y media, y, sabiendo que tanto su madre como Nancy estaban dormidas, Maggie decidió tumbarse y descansar una hora antes de encender las chimeneas. No quería cerrar los ojos, pero estaba exhausta y se quedó profundamente dormida. Cuando se despertó, lo hizo con un sobresalto. Seguía estando oscuro, pero tenía la certeza de que un sonido fuerte y nítido la había despertado. Volvió a oírlo… contra la ventana, como una ráfaga de tiros. Se acercó a la celosía y la abrió para mirar el exterior. Tuvo la extraña certeza, imposible de describir, de que algún humano andaba cerca, aunque no viera ni oyera nada en un primer instante. Luego oyó unos susurros roncos justo debajo de la ventana, sobre los parterres de flores. Era Edward.
