La casa del paramo
La casa del paramo Cuando Nancy volvió a la cocina, la señora Browne pidió a Maggie que la acompañara al piso de arriba para echar una ojeada a la ropa que necesitarÃa Edward. Y, una vez allÃ, se probó el vestido de satén negro con el que en otro tiempo iba de visita, y con el que pensaba reemplazar al viejo y desgastado de bombasà el dÃa que pasarÃa en Combehurst.
—Porque la señora Buxton es una verdadera dama —explicó—, y me gustarÃa ir elegante en su honor.
—No sabÃa que hubiera una señora Buxton —dijo Maggie—. Nunca va a la iglesia.
—No; su salud es muy delicada y jamás sale de casa. Dice la doncella que está siempre en su alcoba.
Aquella semana, la familia Buxton fue sin duda la piéce de résistance[3] de las conversaciones entre la señora Browne y sus hijos. La visita empezó a asustar de tal modo a Maggie que, cuanto más se acercaba el dÃa, menos deseaba ir. A Edward le infundÃa seguridad la idea de estrenar un traje nuevo, encargado para la ocasión y que después le servirÃa para el colegio. La señora Browne recordaba que el párroco habÃa dicho: «No hay mujer más elegante que la que va de satén negro», y este comentario la animaba mucho; aunque, cuando veÃa lo gastados que estaban los codos, se sentÃa bastante abatida y temÃa no estar a la altura de las circunstancias. Pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera por el bien de sus hijos.