La casa del paramo
La casa del paramo Fue un día de Navidad extraño y triste. La señora Buxton siempre se las ingeniaba para bajar al salón y saludar a todo el mundo después de la cena. El señor Buxton habló mucho para no pensar en ella, pero, de vez en cuando, miraba con nostalgia hacia la puerta. Erminia se esforzó cuanto pudo por mostrarse alegre, a fin de llenar, en la medida de lo posible, el vacío dejado por su tía. Edward, que llegó desde Woodchester dando un paseo, tenía muchas cosas que contar; y, de manera inconsciente, con su charla incesante amén de entretenida resultó de gran ayuda. La señora Browne se sentía orgullosa de su hijo, y de su chaleco nuevo, claramente más a la moda que el de Frank. Después de cenar, cuando el señor Buxton y los dos jóvenes se quedaron a solas, Edward se creció aún más. Creía impresionar a Frank con su conocimiento del mundo y sus costumbres. Pero lo único que conseguía era el rechazo rotundo de alguien a quien nunca había agradado. Nada despertaba tanta admiración en Edward como el éxito mundano. En su opinión, el fin justificaba los medios: si un hombre prosperaba, no era necesario analizar minuciosamente su conducta. Edward mostraba el lado más ruin de la ley; pero lo hacía con cierta inteligencia, lo que salvaba a su intelecto de resultar despreciable. Frank había abrigado la idea de estudiar leyes, más para familiarizarse con los códigos que forman y representan la conciencia de una nación que con objeto de ganarse la vida. Pero los detalles de Edward sobre el modo en que con frecuencia la letra malogra el espíritu le hicieron echarse atrás. Irritado consigo mismo por despreciar una profesión por la forma en que la degradaban quienes se dedicaban a ella, en lugar de verla como algo que hombres de espíritu intachable y nobles sentimientos podían ennoblecer y purificar en grado sumo, se levantó con brusquedad y abandonó el comedor.
