La casa del paramo
La casa del paramo Maggie asintió en silencio; y casi le pareció una delicada muestra de deferencia que, una mañana o dos después, Edward se acercara a ella para ayudarla a llevar el pesado cántaro de barro que traÃa de la fuente con agua fresca para la comida.
—Vamos a dejarlo a la sombra, detrás del montadero —dijo él—. ¡Oh, Maggie! ¡Mira lo que has hecho! Lo has tirado todo por no hacerme caso. Ahora tendrás que ir a por agua tú sola, yo no tengo la culpa.
—No te habÃa entendido, Edward —respondió la niña con dulzura.
Pero él ya se habÃa marchado, y estaba entrando en la casa con aire ofendido. Maggie no tuvo otro remedio que volver a la fuente para llenar el cántaro de nuevo. El manantial estaba bastante lejos, en una pequeña hondonada rocosa. Era un rincón tan fresco después de la calurosa caminata que la niña se sentó a la sombra de una roca gris y miró los helechos empapados por el goteo del agua. Se sentÃa triste, y no sabÃa por qué.
«Cuánto se enfada Ned algunas veces —pensó—. No le he entendido dónde querÃa llevar el agua. Quizá sea una patosa. Mamá dice que lo soy, y Ned también. Ojalá pudiera evitar ser tan torpe y tan estúpida. Según Ned, todas las mujeres lo son. Ojalá no fuera una mujer. Debe de ser maravilloso ser un hombre. ¡Dios mÃo! Tengo que volver a subir la ladera con este pesado cántaro, ¡y me duelen tanto las manos!».