La prima Phillis
La prima Phillis Hacía muy poco que se había implantado en el Servicio de Correos la reforma del penique[24], como dio en llamarse, pero el torrente continuo de notas y cartas que ahora fluyen en casi todos los hogares aún no se había generalizado, al menos en aquel remoto rincón del país. Había una oficina de Correos en Hornby, y el cartero de Heathbridge y sus alrededores era un viejo que se guardaba las escasas cartas en uno o en varios bolsillos —según le daba—. A menudo me tropezaba con él en algún sendero de la zona, y le pedía nuestras cartas. Otras veces lo encontraba descansando al borde del camino, y me rogaba que le leyera alguna dirección, casi ilegible para su vista aunque llevara anteojos. Cuando en su día le preguntaba si tenía algo para mí o para Holdsworth (le daba las cartas a cualquiera, como si lo único que quisiera fuera quitárselas de encima para irse a casa), contestaba que creía que sí, para no meter la pata, y empezaba a hurgarse los bolsillos superiores, los bolsillos del chaleco, los bolsillos del pantalón y, como último recurso, los bolsillos de los faldones del abrigo. Finalmente intentaba consolarme si me veía decepcionado, y me decía: «Hoy no habrá tenido tiempo, pero seguro que le escribe mañana». Se refería, claro está, a una novia imaginaria.