La prima Phillis
La prima Phillis Mi padre se había tomado dos días libres, un tiempo precioso para él, y se había puesto el traje de los domingos para llevarme a Eltham y acompañarme primero a la oficina, donde me presentaría a mi nuevo jefe (que estaba un poco en deuda con mi padre por ciertas sugerencias), y después, a visitar al pastor de la Iglesia independiente[1] de la pequeña congregación de Eltham. Y luego se marchó; y, aunque sentí despedirme de él, empecé a saborear el placer de ser mi propio dueño. Saqué las cosas de la cesta que me había dado mi madre, y olí los botes de conservas con el deleite del propietario que podía abrirlos en el momento en que lo deseara. Cogí y sopesé en mi imaginación el jamón curado en casa, que parecía prometerme unos festines interminables; y me regocijó saber que podía comerme aquellas exquisiteces cuando me diera la gana, sin depender de persona alguna, por indulgente que ésta fuera. Guardé mis víveres en la pequeña esquinera; en aquel cuarto no había más que esquinas, y todo estaba colocado en ellas: la chimenea, la ventana, el armario. Yo parecía ser lo único que estaba en medio, y apenas si cabía. La mesa era una hoja abatible bajo la ventana, que daba a la plaza del mercado; así que existía el riesgo de que mis estudios —que habían llevado a mi padre a pagar un dinero extra para que yo dispusiera de un lugar donde sentarme— se desviaran de los libros para centrarse en hombres y mujeres. Yo haría mis comidas con las dos ancianas señoritas Dawson, en la salita que había tras la pastelería triangular del piso de abajo; al menos el desayuno y el almuerzo, pues, como mis horarios vespertinos serían probablemente intempestivos, tomaría el té o cenaría por mi cuenta.
