La prima Phillis
La prima Phillis Fue extraño y, sin embargo, muy gratificante para mí ver cómo aquellos hombres, que no podían haber llevado dos vidas más opuestas, parecían congeniar de forma instintiva después de mirarse a la cara con detenimiento. Mi padre era un hombre enjuto y nervudo de un metro setenta de estatura; y el pastor, un hombre de aspecto saludable y hombros anchos que medía un metro ochenta y cinco. Ninguno de los dos solía ser muy hablador —quizá el pastor fuera más expansivo—, pero los dos se entendieron muy bien. Mi padre salió al campo con el pastor. Me parece estar viéndolo, con las manos en la espalda, escuchando atentamente todas las explicaciones de su pariente sobre el cultivo de la tierra y el mejor modo de llevar la granja; de cuando en cuando cogía una herramienta, casi maquinalmente, y la observaba con ojo crítico y preguntaba algo que su interlocutor consideraba pertinente. Después fuimos a ver el ganado, ya en su refugio nocturno, pues se avecinaba una tormenta de nieve que se cernía oscura sobre el horizonte del oeste. Mi padre aprendió las peculiaridades de una vaca con el mismo interés que si estuviera pensando en convertirse en granjero. Llevaba en el bolsillo el cuadernito donde anotaba mediciones y otros datos técnicos, y lo sacó para escribir «lomo derecho», «hocico pequeño», «panza enorme» y quién sabe cuántas cosas más en el apartado «vaca». Se mostró muy crítico con una máquina de cortar nabos para el forraje, cuya ineficacia despertó su locuacidad; y cuando entramos en la casa se quedó un rato callado y pensativo, mientras Phillis y su madre preparaban el té. Nuestra anfitriona se disculpó innecesariamente por no recibirnos en el salón, donde tal vez pasaríamos frío en una noche tan helada. Nada podía apetecerme más que el fuego que ardía y chisporroteaba en la sala de estar, iluminando todos sus rincones, y que no tardó en caldear las gélidas losas del piso, hasta que parecieron irradiar más calor que la alfombrilla carmesí de delante de la chimenea. Después del té, mientras Phillis y yo charlábamos felices, oí cómo la prima Holman exclamaba con vehemencia: