Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Después de todo -dijo Sylvia, arrojando su pluma y abriendo y cerrando su mano cansada y agarrotada-, no veo de qué me sirve agotarme aprendiendo a escribir cartas cuando no he recibido ninguna en mi vida. ¿Por qué he de aprender a escribir respuestas, si nadie me escribe? Y si recibiera alguna, no sabría leerla; si no entiendo ni los libros impresos, donde seguro que hay palabras modernas. Ojalá desterraran a todos los hombres que se estrujan el cerebro inventando palabras nuevas. ¿Por qué la gente no puede utilizar las de siempre?
- ¡Vaya! Tú utilizarás unas doscientas o trescientas palabras cada día de tu vida, Sylvie; y en la tienda yo debo utilizar muchas más que ni siquiera conoces; y la gente que trabaja en los campos tiene las suyas, por no hablar del sofisticado inglés que hablan los abogados y los párrocos.
- Bueno, pues leer y escribir es un fastidio. ¿No puedes enseñarme otra cosa, si hemos de dar clases?
- Están las sumas… y la geografía -dijo Hepburn, lenta y gravemente.
- ¡La geografía! -dijo Sylvia, animándose y pronunciando quizá la palabra de manera incorrecta-. Me gustaría que me enseñaras geografía. Hay muchos lugares que quiero conocer.
- Bueno, la próxima vez traeré un libro y un mapa. Pero puedo adelantarte algo. El globo terráqueo se divide en cuatro cuartos.