Los amores de Sylvia

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ADVERTENCIAS DESESTIMADAS

El correo llegaba a Monkshaven tres veces por semana; a veces no había ni una docena de cartas en la saca, traída por un hombre en un carro ligero, que tardaba casi todo un día en llegar desde York, donde dejaba sacas privadas aquí y allá en los páramos, en la residencia de algún terrateniente o alguna posada junto al camino. De las cartas que llegaban a Monkshaven, la mayor parte eran para los Foster, tenderos y banqueros.

La mañana después de que Sylvia se prometiera con Kinraid, los Foster parecían esperar sus cartas con inhabitual impaciencia. Varias veces Jeremiah salió del cuarto de estar en el que su hermano John estaba sentado en expectante silencio, y, tras cruzar la tienda, recorrió la plaza del mercado en busca de la mujer tullida a la que, por caridad, se le pagaba por entregar las cartas, y que aquella mañana debía de estar más tullida que nunca, a juzgar por lo que tardaba en llegar. Aunque solo los Foster conocían la causa de su impaciencia, existía una tácita simpatía entre ellos y sus empleados, por lo que tanto Hepburn como Coulson y Hester se quedaron enormemente aliviados cuando la anciana apareció por fin con su cesto de cartas.


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