Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Me gustaría que averiguaras qué tiene en contra de mí, Philip -dijo Coulson unas dos semanas después de haber sido rechazada su proposición. El pobre Coulson pensaba que el trato correcto que Hester le dispensaba desde entonces era prueba de que ella no le veía con malos ojos; y como ahora volvía a llevarse bien con Philip, acudía a él constantemente, como si este pudiera interpretar todas las nimias ocurrencias que tenían lugar entre él y su amada-. Somos de la misma edad, no nos llevamos ni dos meses, y en Monkshaven hay pocas personas que se hayan fijado en ella con un futuro más prometedor que el mío, y ella conoce a mi familia; de hecho somos casi primos, y yo soy casi un hijo para su madre. Y no hay nadie en Monkshaven que pueda decir una palabra en contra de mi carácter. ¿No hay nada entre tú y ella, verdad, Philip?
- Ya te he dicho muchas veces que para mí es como una hermana. Y ni ella piensa en mí como marido ni yo en ella como esposa. De modo que no insistas más, porque no te lo volveré a repetir.
- No te enfades, Philip; si supieras lo que es estar enamorado… Siempre te estás imaginando cosas, como yo ahora.
- Es posible -dijo Philip-, pero no creo que yo te estuviera hablando siempre de mis imaginaciones.