Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Cuando Daniel llegó a lo alto de la colina, de camino a casa, se volvió para mirar alrededor; pero iba cojo y magullado, había caminado lentamente, y el fuego casi se había extinguido; solo un matiz rojo en el aire que rodeaba las casas que había al final de la calle Mayor, y una neblina cálida y refulgente más allá de donde antes se erguía el Mariners’Arms, delataban que había tenido lugar un acto violento.
Daniel se quedó mirando y soltó una risita.
«Eso por haber tocado la campana de incendios -se dijo-. Era una vergüenza que dijera una mentira, con la de casas que había salvado.»