Los amores de Sylvia

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Y a continuación se sentó y derramó las secas y calientes lágrimas que con tanta dificultad llegan a los ojos de los ancianos. Y así (primero un sufrimiento, y luego otro, arrancando ambos de su corazón cualquier consuelo posible y alegría) pasó aquella tarde de febrero; la lluvia hizo que oscureciera más temprano incluso de lo habitual, y eso la entristeció aún más, pues la oscuridad vino acompañada de vientos quejumbrosos, con largas ráfagas que barrían los páramos, y que causaban esos sollozos de las ventanas que siempre suenan como los gritos ahogados de alguien que sufre. Mientras tanto, Philip había vuelto a toda prisa a Monkshaven. No llevaba paraguas, y tuvo que hacer frente a la lluvia casi todo el camino; pero dio gracias por ese tiempo, pues mantenía a los hombres en sus casas y no quería encontrarse con nadie, sino tener tiempo para pensar y madurar sus planes. La ciudad misma, por así decir, estaba de duelo. El rescate de los marineros había sido, indudablemente, un movimiento popular; la violencia subsiguiente (que, después de la marcha de Daniel, había llegado mucho más lejos de lo que se ha descrito) era, en general, considerada como una especie de castigo infligido en forma de justicia salvaje * sobre la patrulla y quienes la secundaban. El sentimiento de los habitantes de Monkshaven, por tanto, estaba en franca oposición a las enérgicas medidas tomadas por los magistrados del condado, que, a consecuencia de un llamamiento de los oficiales navales a cargo del servicio de leva, habían hecho venir a la milicia (desde un lejano condado del interior), la cual había acampado a unas cuantas millas de la ciudad, sofocando sin vacilación los alborotos que continuaron el domingo por la mañana, aunque con menos intensidad; casi toda la destrucción de la propiedad había tenido lugar la noche anterior. Pero poca duda había de que la violencia habría renacido al caer la tarde, pues la porción más desesperada de la población, así como los furiosos marineros, habían tenido todo el domingo para reflexionar sobre sus agravios, y animarse unos a otros en un apasionado intento de obtener reparación o venganza. De modo que estaba justificado que las autoridades tomaran aquellas medidas, según su juicio, entonces, y según el nuestro, ahora, al contemplar la situación en retrospectiva y con frialdad. Pero en aquel momento había un fuerte sentimiento en contra de ellas; y cualquier cosa que hicieran para prevenir el menor alboroto era vista con rencor por los hombres que estaban en sus casas. Philip, como representante de esa familia cuya cabeza sufría por los actos cometidos en aquella causa popular, se habría topado con más simpatías y más respeto del que imaginaba, mientras recorría las calles, mirando de un lado a otro por temor a encontrarse con alguien que le hiciera un desaire por ser pariente de un hombre que había sido llevado a la cárcel de manera ignominiosa unas horas antes. Pero a pesar de que Philip procuraba evitar la observación y los comentarios, nunca se le ocurrió actuar de manera distinta a como correspondía a un amigo valiente y leal. Y eso es lo que hizo, y lo que habría hecho, siendo como era de carácter fiel y constante, aun cuando no hubiera sentido nada especial por Sylvia.


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