Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia 36
MISTERIOSAS NOTICIAS
Aquella misma noche fue a verla Kester, quien llamó humildemente a la puerta de la cocina. Phoebe abrió. Kester pidió ver a Sylvia.
- No sé si podrás verla -dijo Phoebe-. No hay manera de hacerla salir; a veces quiere una cosa, y a veces otra.
- Me ha pedido que viniera a verla -dijo Kester-. Esta mañana, en el funeral de la señora, me dijo que viniera.
De modo que Phoebe fue a informar a Sylvia de que había llegado Kester; y regresó para decirle a este que esperara en la salita. Un momento después de ir allí, Phoebe le oyó volver y cerrar lentamente las dos puertas que separaban la cocina y la salita.
Sylvia estaba en la salita cuando Kester entró, con la niña en brazos; de hecho, ahora casi no se la dejaba a nadie, y hacía que el trabajo de Nancy fuera una sinecura, para indignación de Phoebe.
Sylvia tenía la cara encogida, blanca, demacrada; solo sus preciosos ojos conservaban aquella expresión juvenil, casi infantil. Se acercó a Kester y estrechó su mano callosa; ella misma temblaba de pies a cabeza.
