Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Pocos días después de la velada mencionada en el capítulo anterior, la mañana amaneció fea. No caían chaparrones rápidos y repentinos, sino que había una constante llovizna que borraba todo el color del paisaje y llenaba el aire de una sutil neblina gris, hasta el punto de que la gente respiraba más agua que aire. En tales ocasiones, la conciencia de la proximidad del mar inmenso e invisible servía solo para abatir los ánimos; pero además de actuar sobre los nervios de los más excitables, ese tiempo afectaba a los sensibles o enfermos de una manera física. El ataque de reumatismo de Daniel Robson le incapacitaba para salir de casa, y a un hombre acostumbrado a una vida activa y a una mente poco activa se le hacía muy difícil de soportar. No era un hombre de mal talante, pero su estado de reclusión le hacía estar de peor humor de lo que había estado en su vida. Estaba sentado en el rincón de la chimenea, insultando al tiempo y poniendo en duda la sensatez o la conveniencia de todo lo que hacía su mujer en su habitual rutina doméstica. El «rincón de la chimenea» consistía en realidad en dos paredes que sobresalían más o menos un metro y medio a cada lado del hogar, y en un recio banco de madera apoyado en una de ellas, mientras delante se hallaba la «butaca del señor», de respaldo circular, cuyo asiento lo componía una pieza cuadrada de madera atinadamente ahuecada, que formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados con respeto al hogar. Ahí, presenciando las operaciones que tenían lugar sobre el fuego, había permanecido Daniel Robson a lo largo de cuatro interminables días, aconsejando y dándole órdenes a su mujer acerca de cómo hervir las patatas o preparar las gachas, labores de las que ella estaba muy orgullosa, y acerca de las cuales no habría escuchado ni siquiera el consejo del ama de casa más experta de todo Yorkshire. Pero, sin saber muy bien cómo, había conseguido refrenar su lengua y no decirle a su marido, tal como habría hecho cualquier mujer, y cualquier hombre, que se ocupara de sus propios asuntos o le pondría el trapo de fregar por sombrero. Incluso frenó a Sylvia cuando esta propuso, más bien como burla, que siguieran las ignorantes indicaciones de su padre, y que él mismo viera y oliera las consecuencias.


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