Mary Barton
Mary Barton ¡Qué infinita riqueza de amor y esperanza
almacenada en esas diminutas cajas fuertes!
Y, ¡ay!, qué bancarrotas vemos en el mundo,
cuando la Muerte, como un acreedor despiadado,
se lleva todo lo que creíamos nuestro.
The Twins
La mortífera fiebre no podía afrontarse con impunidad y se cebó en su presa. La viuda había vuelto con sus hijos; los vecinos, como buenos samaritanos, habían pagado el poco dinero que debía del alquiler y le habían adelantado unos chelines. Decidió mudarse de aquel sótano a otro que no evocara recuerdos tan dolorosos y no le recordase constantemente su duelo. La Junta municipal, no tan terrible como ella había imaginado, había considerado su caso; y, en lugar de enviarla a Stoke Claypole, la parroquia de su marido en Buckinghamshire, como se temían, había acordado pagarle el alquiler. Así que lo único que tenía que encontrar era comida para las cuatro bocas que debía alimentar, aunque ella habría dicho tres, pues a sí misma y al niño sin destetar los contaba como uno solo.
