Mary Barton

Mary Barton

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¡Sí! Mary era ambiciosa y que el señor Carson fuese rico y un caballero hacía que le pareciese más agradable. La vieja levadura[27] añadida años antes por su tía Esther fermentaba en su seno, y tal vez más aún debido a la aversión que sentía su padre por los ricos y la gente de alta cuna. El corazón humano es tan contradictorio que, desde Eva hasta nuestros días, a todos nos parece más apetitoso el fruto prohibido. Así que Mary fantaseaba con la idea de llegar a ser una señora y con hacer todas las cosas elegantes que hacen las señoras. Cuando la señorita Simmonds la regañaba, se consolaba pensando en el día en que llegaría en su carruaje a la puerta de la tienda para encargar unos vestidos a la malhumorada pero amable modista. Le gustaba oír hablar de la admiración general que despertaban las dos señoritas Carson en los bailes y ser testigo de ella en la calle, cuando las veía a pie o a caballo, y pensar en el día en que ella montaría y pasearía a su lado en deliciosa hermandad. Pero el mejor de sus planes, el más noble, y el que en cierta medida redimía la vanidad de los otros, era el que concernía a su padre, a su amado padre, ahora agobiado por las preocupaciones y siempre triste y descorazonado. ¡Cómo lo rodearía de todas las comodidades que pudiera imaginar (por supuesto, iría a vivir con ellos), hasta que reconociera que la riqueza resulta muy placentera y bendijese a su hija! A todos los que alguna vez hubieran sido amables con ella, les devolvería sus atenciones multiplicadas por cien.


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