Mary Barton

Mary Barton

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»El caso es que respondió que eso era una pura blasfemia, aunque a mí me pareció que su manera de rebelarse contra lo que Dios había querido era una blasfemia mucho peor. No obstante, no dije nada porque la niña que llevaba en brazos era tanto de su hijo muerto como de mi hija. No hay mal que cien años dure y, cuando por fin acabó aquella noche, los dos estábamos cansados y con los pies doloridos. En mi opinión, la niña estaba cada vez más débil y se me encogía el corazón al oírla llorar de forma cada vez más apagada. Habría dado mi mano derecha por volver a oírla llorar con tanta fuerza como el día anterior. No teníamos nada para desayunar, ¡y lo mismo le pasaba a la pobre huérfana! Tampoco encontramos ninguna taberna y a eso de las seis (aunque nosotros pensábamos que era más tarde) nos detuvimos en una casa donde había una mujer en la puerta abierta. Le pregunté: “Buena mujer, ¿podemos descansar un poco?”. “Pasen”, respondió ella, limpiando con el delantal una silla que antes ya estaba lo bastante limpia. Era un cuarto limpio y alegre y nos alivió volver a sentarnos, aunque pensé que no podría doblar las rodillas. Al minuto reparó en el bebé, lo cogió en brazos y lo besó una y otra vez. “Señora —le dije—, tenemos un poco de dinero, y si nos da algo de desayunar le pagaremos honradamente. Y si tiene usted a bien bañar y vestir a esta pobre niña y darle un poco de papilla, pues está casi muerta de hambre, rezaré por usted hasta el último día de mi vida”. Ella no dijo nada, pero me devolvió a la niña y en un decir Jesús puso una sartén al fuego y un poco de pan con queso en la mesa. Cuando se dio la vuelta, tenía los labios apretados y la cara muy colorada. ¡En fin, disfrutamos mucho de aquel desayuno y que Dios bendiga y recompense a aquella mujer por su bondad! Dio de comer al bebé con tanto cariño y le habló con tanta ternura como habría hecho su propia madre. Fue como si aquella desconocida y el bebé se hubiesen conocido antes, tal vez en el cielo de donde dicen que procede el alma de la gente; ella la miraba arrobada a los ojos y hacía ruiditos como el zureo de una paloma. Luego, la desvistió (¡pobrecita, ya iba siendo hora!) con mucho cuidado, y la lavó de pies a cabeza; y, como su ropita estaba sucia y las cosas que había preparado su madre las habían enviado por un transportista de Londres, se la quitó, envolvió al bebé desnudo en su delantal, sacó una llave que llevaba atada con una cinta negra del cuello y abrió un cajón de la cómoda. Siento haber sido indiscreto pero no pude dejar de fijarme en que dentro había ropita de niño, cubierta de lavanda, junto a una fusta y un sonajero roto. Entonces empecé a entender a la mujer. Sacó una cosa o dos, cerró el cajón y se puso a vestir a la niña. Justo entonces bajó su marido, un tipo hosco y grandullón que parecía todavía medio dormido, aunque ya era bastante tarde, y que había oído lo que decíamos. Después de terminar el desayuno, Jennings empezó a mirar con mala cara a la mujer, que estaba acunando a la niña para que se durmiera. Por fin dijo: “Creo que ya sé cómo se hace, se mece y se acuna, se mece y se acuna. Yo la dormiré”.


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