Mary Barton
Mary Barton La desesperanza se abatió como una nube densa y de vez en cuando, entre la calma chicha de tanto sufrimiento, se oyó el silbido de vientos tormentosos, que anunciaban el final de los negros augurios. En tiempos de pesar y consternación, a menudo nos consuela repetir viejos proverbios que nos hablan de las vivencias de nuestros antepasados; sin embargo, la presión de aquellos días terribles se volvió tan prolongada y fatigosa que los «no hay mal que cien años dure», «a buen hambre no hay pan duro» y otros refranes por el estilo parecían vanos y falsos. Los pobres cada vez eran más pobres y que muriesen tan pocos solo demuestra cuánto sufrimiento hace falta para matar a un hombre. Aunque el lector no debe olvidar que solo reparamos en la muerte de quienes trabajan, aunque sea humildemente. El mundo apenas lo nota cuando mueren los viejos, los débiles o los niños, y, no obstante, para muchos, su muerte deja un vacío que no se llena ni al cabo de largos años. Y, aunque haga falta mucho sufrimiento para matar a los miembros más fuertes de la sociedad, no hace falta demasiado para reducirlos a criaturas enfermas, exhaustas y apáticas que se arrastran por la vida con el corazón afligido y el cuerpo dolorido.