Mary Barton

Mary Barton

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Por supuesto, Barton también tuvo su parte de sufrimiento. Antes de ir a Londres con su vano propósito trabajaba por horas. Pero la esperanza de una solución gracias a la rápida intervención del Parlamento le animó a abandonar su empleo; y luego, cuando quiso recuperarlo, le dijeron que estaban despidiendo a gente todas las semanas, y se enteró por los comentarios de sus compañeros que no era probable que un delegado cartista y miembro del sindicato tuviese mucho éxito al buscar empleo. Aun así trató de poner al mal tiempo buena cara. Sabía que podía soportar el hambre, porque ya había tenido que hacerlo de niño, cuando vio a su madre quitarse el pan de la boca para dárselo a sus hijos, y, al ser él el mayor, había contado la noble mentira de que «no tenía hambre y no quería comer más» para imitar la valentía de su madre y contribuir a acallar el llanto de sus hermanos. Además, Mary tenía garantizadas dos comidas al día en casa de la señorita Simmonds; aunque, dicho sea de paso, la modista, que también había notado la escasez de los malos tiempos, había dejado de ofrecer té a las aprendizas y les había dado ejemplo de abstinencia al retrasar la comida hasta que concluían el trabajo por la noche, por muy tarde que fuese.




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