Mary Barton
Mary Barton —¡Escucha, Mary! No, no te soltaré hasta que me hayas oÃdo. Te quiero con toda mi alma y no puedo creer que no me quieras, aunque sea solo un poco. Bueno, si no quieres admitirlo, ¡tanto da! Te demostraré a lo que estoy dispuesto a renunciar para que veas lo mucho que te quiero. Sabes (aunque tal vez no te hayas parado a pensarlo) lo poco que les gustarÃa a mis padres que me casara contigo. Se llevarÃan tal disgusto y tendrÃa que apechugar con tal escarnio que, como es lógico, hasta ahora no me habÃa parado a pensarlo. CreÃa que podrÃamos ser felices sin casarnos. —Estas palabras calaron muy hondo en el ánimo de Mary—. Pero ahora, si quieres, estoy dispuesto a sacar una licencia mañana a primera hora, o mejor aún esta noche y a casarme contigo en contra del mundo entero con tal de no perderte. Al cabo de uno o dos años, mi padre me perdonará y, entretanto, tendrás todos los lujos que el dinero pueda comprar y todos los alicientes del amor para hacerte feliz. Al fin y al cabo, mi madre también trabajó en las fábricas. —Esto lo dijo para infundirse ánimos en ese paso tan osado—. Ya ves, Mary, que estoy dispuesto a… sacrificar mucho por ti; incluso te ofrezco casarme contigo, para satisfacer tu ambicioso corazoncito. ¿Es que ni aun asà vas a decirme que me quieres, aunque sea un poquito?