Mary Barton

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No había llegado a entender si Jem estaría o no en casa de Job Legh, pero en cuanto les abrieron la puerta vio e intuyó que no. La velada sería un chasco, o eso pensó los primeros cinco minutos, pero la alegría del reencuentro con sus viejos amigos —todos, excepto ella, con motivos para alegrarse— pronto disipó su decepción. Margaret, incapaz de estarse quieta, estaba haciendo punto sin mirar la labor. Alice se había sentado paciente y humilde, corta de vista y con la mirada amable, esforzándose por ver y oír, pero sin quejarse; de hecho en su fuero interno daba gracias a Dios por su felicidad; pues la alegría de tener con ella a su sobrino, su niño, superaba con creces la desdicha de haber perdido la vista y el oído.

Job estaba encantado haciendo de anfitrión y de anfitriona, pues un acuerdo tácito lo había sacado de su habitual ensimismamiento y ahora se ocupaba de muchas de las pequeñas tareas domésticas que antes hacía Margaret. Mientras iba y venía de aquí para allá conversaba sin parar con el joven marinero, tratando de que le explicara diversas circunstancias relacionadas con la historia natural de los distintos países que había visitado.




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