Mary Barton
Mary Barton Debo retroceder ahora una o dos horas antes de que Mary y sus amigos se despidieran. Debían de ser las ocho de la tarde y las tres señoritas Carson estaban sentadas en el salón de su padre, que dormitaba en su cómodo sillón del comedor. La señora Carson (como era habitual cuando no ocurría nada interesante) no se encontraba demasiado bien y estaba en la planta de arriba en su tocador, disfrutando del lujo de una de sus jaquecas. Lo cierto era que estaba mal. «No son más que pájaros en la cabeza», decían los criados. Pero, en realidad, era la consecuencia física y mental de la ociosidad. Sin educación suficiente para valorar los recursos de la riqueza y el tiempo libre se dejaba llevar por las circunstancias. Le habría sentado mucho mejor ocuparse una semana del trabajo de una de sus doncellas y hacer las camas, limpiar las mesas, sacudir las alfombras y salir a tomar el fresco por las mañanas sin toda la parafernalia de chal, capa, boa, botas de piel, sombrero y velo que se ponía antes de ir a «tomar un poco el aire» en el carruaje cerrado a cal y canto, que todo el éter y las sales que inhalaba.