Mary Barton

Mary Barton

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Se interrumpió más por la fatiga que por falta de palabras. Mary habló, pero con una voz tan distinta y atropellada que la anciana casi se sobresaltó: sonó tan ronca y extraña que casi daba la impresión de que hubiera una tercera persona en la habitación.

—Por favor, dígamelo otra vez. No la he entendido. ¿Qué es lo que ha hecho Jem? Le ruego que me lo diga.

—No he dicho que lo haya hecho. He dicho y lo juraré ante quien haga falta que él no lo hizo. Me da igual que los oyeran discutir y que su pistola apareciera cerca del cadáver. Mi Jem no mataría a nadie por mucho que lo hubiese despreciado una mujer. Mi Jem, que era una bendición en la casa donde nació. —Las lágrimas acudieron a los ojos ardientes de la madre al recordar los días en que había mecido la cuna de su «primogénito»; y luego repasó los acontecimientos hasta las presentes circunstancias, y tal vez irritada por haber demostrado debilidad de carácter en presencia de la Dalila que lo había conducido a aquella situación, añadió en tono cortante—: Se lo dije, le dije que dejara de pensar en ti, pero no me hizo caso. ¡Tú! ¡Mujerzuela! No eres digna ni de limpiarle las botas. No eres más que una perdida. Suerte que tu madre no ha vivido lo suficiente para ver en lo que te has convertido.


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