Mary Barton
Mary Barton Pasó otro año. Las olas del tiempo parecían haber borrado hasta la última huella de la pobre Mary Barton, pero su marido seguía pensando en ella con un pesar callado y tranquilo las noches insomnes y silenciosas, y Mary se despertaba con un sobresalto de su bien merecido sueño y, en un duermevela, creía ver a su madre junto a la cama igual que antes: con una palmatoria en la mano y una expresión de inefable ternura mientras observaba a su niña dormida. Pero Mary se frotaba los ojos y volvía a tumbarse sobre la almohada, despierta, y consciente de que no era más que un sueño; y, aun así, ante cualquier dificultad o momento de confusión, en el fondo de su corazón llamaba a su madre en busca de ayuda y pensaba: «Si mi madre no hubiera muerto, me habría ayudado». Olvidaba que las penas de una mujer son mucho más difíciles de mitigar que las de una niña, incluso para el amor de una madre, así como que ella era mucho más juiciosa y animosa que la madre a quien lloraba. La tía Esther seguía misteriosamente ausente, la gente se había cansado de preguntar por ella y estaba empezando a olvidarla. Barton seguía asistiendo a su club, y se había convertido en uno de los miembros más activos del sindicato, pues la hora en que Mary regresaba a casa era muy incierta y a veces, cuando su hija tenía mucho trabajo, él pasaba fuera toda la noche. Su mejor amigo seguía siendo George Wilson, a quien no hacían demasiada gracia las cuestiones que agitaban la imaginación de Barton, pero en el fondo de su corazón seguían unidos por viejos lazos y el recuerdo de las cosas pasadas daba un encanto inefable a sus visitas. Nuestro viejo amigo Jem Wilson, aquel muchacho juguetón, se había convertido en un fuerte joven de rostro sensato, que habría podido ser apuesto de no haber estado un poco picado de viruelas aquí y allá. Trabajaba para una de las grandes empresas de ingeniería que envían máquinas y artilugios de sus talleres a los dominios del zar y el sultán. Su padre y su madre no se cansaban de alabarlo y siempre que lo hacían la guapa Mary Barton movía la cabeza, viendo claramente que querían darle a entender que sería un buen marido y pedirle que correspondiera a su amor, del que él nunca había osado hablarle por mucho que su mirada lo dijera todo.