Mary Barton
Mary Barton ¡Ay!, qué triste es la noche,
la noche de la pena,
cuando, en la negra oscuridad oÃmos tan solo el estrépito
de las olas que pueden arrastrarnos por la mañana.
Job encontró a la señora Wilson yendo y viniendo con inquietud de aquà para allá, sin decir palabra a la mujer en cuya casa se alojaba, y suspirando de vez en cuando con una angustia que sobrecogÃa a sus acompañantes.
—¿Y bien? —exclamó, volviéndose de pronto con paso vacilante al ver entrar a Job—. ¡Vamos, hable de una vez! —insistió antes de que él pudiera decidir lo que iba a decirle; pues para ser sinceros, habÃa pensado contarle alguna mentira piadosa para procurarle algún consuelo momentáneo. Pero en respuesta a su impaciencia solo acertó a explicarle la situación real del caso.
—No hemos encontrado a Will. Pero tal vez todavÃa se presente a tiempo.
Ella lo miró casi como si se resistiera a creer que tuviese que sufrir la falta de esperanza que parecÃan indicar sus palabras. Luego movió despacio la cabeza y dijo con más calma de la previsible, dado su nerviosismo anterior.
