Mary Barton
Mary Barton —No, Jem, eso no me preocupa, al menos ahora. Es solo que parecÃas tan obsesionado con Mary…
—Recuerda que he tenido que disimular mucho tiempo. ¡Cuánto se habrÃa alegrado la tÃa Alice de saber que tengo esperanzas de convertirla en mi mujer! ¡Si Dios quiere que sobreviva!
—No lo habrÃa sabido ni aunque se lo hubieses dicho hace quince dÃas… Desde que te fuiste Alice no dejó de creer que era una niña pequeña y que estaba bajo las faldas de su madre. Debió de tener una infancia feliz, porque para ella fue un gran consuelo revivir esos dÃas cuando yacÃa anciana y canosa en su lecho de muerte.
—¡Nunca he conocido a nadie tan feliz como lo ha sido ella toda su vida!
—¡SÃ, y tuvo una muerte muy dulce! CreÃa que estaba con su madre.
Los dos se pusieron a pensar en la placidez de sus últimas horas.
Dieron las once. Jem dio un respingo.
—Hace rato que tendrÃa que haberme ido. Dame el hatillo. No olvides ir a ver a mi madre. Buenas noches, Margaret.