Mary Barton

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Capítulo XXXIV

DIXWELL: ¡Perdón, oh, perdón y una tumba!

MARY: ¡Dios conoce tu corazón, padre mío! Me estremezco al pensar en lo que puedes haber hecho.

DIXWELL: ¡Ay!

MARY: El tuyo no es un pesar normal, padre mío.

ELLIOTT, Kerhonah[111]

Mary seguía debatiéndose entre la vida y la muerte cuando Jem llegó a la casa donde se alojaba; y los médicos seguían sin comprometerse a ofrecer demasiadas esperanzas. Pero su estado, aunque fuese igual de preocupante, era ahora menos descorazonador que cuando la había dejado Jem. Yacía sumida en un estupor, producido tanto por la enfermedad como por el cansancio de tantas emociones.

Jem tuvo que enfrentarse a la dificultad que cualquiera que haya tenido que velar a un enfermo conoce muy bien, tal vez más insuperable para los hombres que para las mujeres: la dificultad de ser paciente y tratar de no esperar ningún cambio visible en las larguísimas horas de triste monotonía.


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