Norte y sur

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Recorrieron las calles conocidas, pasaron casas que habían visitado con frecuencia, tiendas en las que Margaret había esperado impaciente que su tía tomara alguna decisión importante; incluso se cruzaron con conocidos en las calles; pues, aunque la mañana les había parecido eterna y aunque tenían la sensación de que debía de estar todo cerrado hacía mucho por el descanso nocturno, llegaron precisamente a la hora de más ajetreo de una tarde londinense de noviembre. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la señora Hale visitara Londres y se entusiasmó casi como una chiquilla al ver las calles diferentes a su alrededor y se volvía a mirar tiendas y carruajes con exclamaciones.

—¡Oh, ahí está Harrison’s, donde compré tantas cosas para mi boda! ¡Caramba! ¡Qué cambiado! Han puesto inmensos escaparates de cristal, mayores que los de Crawford’s en Southampton. Oh, mirad, ¡santo cielo!…, no, no es…, sí, ¡lo es! Margaret, acabamos de pasar al lado del señor Henry Lennox. ¿Adónde irá entre todas estas tiendas?

Margaret hizo ademán de inclinarse para mirar, pero retrocedió al momento, riéndose casi de sí misma por tan repentino impulso. Ya habían recorrido un buen trecho; pero él parecía una reliquia de Helstone: estaba asociado a una mañana luminosa, un día lleno de acontecimientos, y le habría gustado verlo sin que él la viera, sin posibilidad de hablar.


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