Norte y sur

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—La única persona de Milton —dijo la señora Hale.

—Así que le daremos la bienvenida y pastas de coco. Dixon se sentirá halagada si le pedimos que las prepare. Y yo me encargaré de planchar tus gorros, mamá.

Margaret deseó muchas veces aquella mañana que el señor Thornton no fuera. Tenía previstas otras ocupaciones: una carta a Edith, un buen poema de Dante, una visita a los Higgins. Y, en su lugar, tuvo que planchar escuchando las quejas de Dixon con la esperanza de poder impedirle que acudiera con su retahíla de pesares a la señora Hale mediante un derroche de comprensión. Margaret tuvo que recordarse de vez en cuando lo mucho que estimaba su padre al señor Thornton para aplacar la irritación del cansancio que la invadió y que le provocó uno de los fuertes dolores de cabeza a los que era propensa últimamente. Apenas podía hablar cuando se sentó al fin y le dijo a su madre que ya no era Peggy la planchadora sino Margaret Hale la dama. Intentaba con ello hacer una pequeña broma, y lamentó no haberse mordido la lengua al ver que su madre se lo tomaba en serio.




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