Norte y sur

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El señor Henry Lennox contemplaba divertido la escena familiar, apoyado en la repisa de la chimenea. Estaba junto a su apuesto hermano. El era el feo de una familia singularmente bien parecida, pero tenía una cara inteligente, animosa y expresiva. Margaret se preguntaba qué estaría pensando mientras guardaba silencio, aunque era evidente que observaba con interés un tanto sarcástico lo que hacían Edith y ella. El sarcasmo se debía a la conversación de la señora Shaw con su hermano y no tenía nada que ver con el interés que le producía la bella escena de las dos primas tan atareadas con los preparativos de la mesa. Edith quería ocuparse de casi todo. Le complacía demostrar a su amado lo bien que lo haría como esposa de un militar. Descubrió que el agua de la tetera estaba fría y pidió la tetera grande de la cocina; la única consecuencia de ello fue que cuando se la dieron en la puerta e intentó llevarla a la mesa, era demasiado pesada para ella y volvió con un mohín, una mancha negra en el vestido de muselina y la marca del asa en la manita blanca y torneada, que decidió enseñar al capitán Lennox como una niñita herida. El remedio era el mismo en ambos casos, por supuesto. La lámpara de alcohol rápidamente ajustada de Margaret fue el artilugio más eficaz, aunque no tanto como el campamento gitano que Edith, en una de sus salidas, decidió considerar lo más parecido a la vida militar.


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